Friday, November 30, 2007

Miguel Esquirol Ríos, nacido en Bolivia, es periodista, escritor y blogger. Escribe sobre casi cualquier tema, tanto en ficción como en no ficción o en la fina línea que separa esos dos temas. "El forastero" es una bitácora alojada en blogalia que comenzó a escribir en mayo del 2003 cuando estaba por partir de Bolivia hacia
Barcelona. Actualmente vive en Estados Unidos estudiando un master en literatura hispanoamericana.





El Cargador


Miguel Esquirol Ríos


Nadie podrá acercarse a la noche y acometer la tarea de conocerla,
sin antes haberse sumergido en los horrores del alcohol.
Jaime Sáenz

El Escritor era pequeño como un ratón. Se veía que ya era mayor porque tenía arrugas y algunas canas en el cabello. Constantemente hablaba con su muñeca, tenía implantado en el antebrazo una pantalla procesadora, y lo que hablaba se iba convirtiendo en brillantes letras negras. El decía que así escribía, que después con una cabina cualquiera mandaba sus textos a su editor. Siempre le preguntaba que si tenía editor, y trabajo y todo eso, qué hacía con nosotros. Él sólo se sonreía y me invitaba otro vaso lleno de esa bebida que parece alcohol con un poco de azúcar. Tiene un sabor muy fuerte pero se sube rápido a la cabeza.

El Escritor había llegado una noche en la que estábamos sentados en el bar de Doña Juanita, el Pipa se había quedado dormido sobre una mesa, roncaba con la frente pegada a la madera y el procesador de su nuca emitía luces verdes y rojas. El resto de nosotros sólo miraba los vasos fijamente. Al principio no lo vimos. Cuando se hizo notar dijo que nos invitaba a una ronda. Eso era suficiente para nosotros. Empezó a beber a nuestro lado, bebía mucho. Pronto estaba más borracho que cualquiera. Nos contó chistes, nos hizo reír, también nos contó la historia de un amigo suyo, muerto de hambre en unos cuartos llenos de objetos, creo que alguno lloró con eso. Cuando Doña Juanita nos dijo que ya era tarde, que nos fuéramos, me puse al Escritor en la espalda que se había dormido sobre la mesa y me lo llevé a mi cuarto. Ya desde ese día le decíamos Escritor porque nos había dicho que a eso se dedicaba.

Mi cuarto es solo un rincón, vivimos cinco personas en esa habitación, por suerte es grande y cada uno tiene una esquina con sus cosas, su colchón, unas mantas viejas, un calendario, yo tengo además una radio. Dejé al Escritor sobre una manta de viaje y me acosté a dormir la borrachera a su lado. Cuando desperté el seguía allí, dormido. Le palpé los bolsillos buscando algo de dinero para desayunar pero sólo encontré un par de monedas. Era suficiente sólo para mí. Lo dejé durmiendo pero me llevé mi radio.

Me encontró en el puesto de la esquina. Estaba terminando un vaso de caliente Api cuando sentí que alguien me observaba. Era el Escritor, al principio pensé que me reclamaba el dinero que le había quitado, pero me di cuenta que no me miraba a mi sino a mi vaso de Api, se lo pasé para que lo terminara. Mientras se acababa la bebida saqué de un bolsillo mi hipodérmica de testo. La dosis casi se me acababa, limpié con un trapo su punta y me la apliqué al brazo. Como siempre un agradable calor me subió por la espalda. Ya estaba listo para trabajar.

Cuando me vio levantándome me preguntó si me podía acompañar, también quería trabajar de cargador. Me reí un largo rato, un ratón trabajando de cargador. Cuando me pasó la risa le intenté explicar que los cargadores estábamos allí porque éramos grandes y fuertes. Ganábamos poco dinero pero era nuestro trabajo. Yo por ejemplo me inyectaba desde hace mucho tiempo con testo para que mis músculos crecieran. Había tomado muchas pastillas antes. Para endurecer músculos, chutes de adrenalina contra el dolor, pastillas para fortalecer la columna vertebral. Hace tiempo había conseguido unas hipodérmicas que me aumentaron el calcio de los huesos y me reforzaban las junturas de las vértebras. Mis codos y rodillas también habían pasado por ese tratamiento. Era muy doloroso y tuve que pasar mucho tiempo en cama sin levantarme ni para cagar.

Pero no era yo el único que había pasado eso, todos los que estamos aquí hemos pasado cosas parecidas. El Pipas por ejemplo tiene los brazos y la columna metálica y los músculos artificiales, además lleva un viejo procesador que a veces se le cuelga en la base del cráneo. Ese procesador le permite controlar sus brazos y su espalda. Sin ese aparato o cuando se le cuelga, es como una marioneta rota. Gracias a eso sus huesos hechos de titanio y sus músculos de fibra plástica pueden levantar un coche. Cuenta que le hicieron eso porque tuvo un accidente que le destrozó la columna. Al Karetas en cambio fueron los militares los que lo jodieron. Le cambiaron la base del cerebro dice, por la de un gorila, y ahora aunque no tiene músculos nuevos, ni testos ni nada, igual puede levantar grandes pesos por encima de su cabeza. Dice que es el gorila espalda plateada que tiene en su cabeza. Hay días enteros en los que no puede hablar y se queda en su cuarto, yo creo que se queda imaginando selvas. Si ves sus ojos muertos puedes ver al gorila mirándote desde ellos.

Así que el Escritor quería ser cargador, lo tenía claro. Un ratón entre elefantes, ja ja ja. Pero la mirada del Escritor seguía mirándome como si fuera un perro apaleado. Me dijo que quería ser también cargador, aunque sea de bultos pequeños, quería aprender.

Le expliqué que si quería serlo de verdad podía comprar un poco de testo, y que había cosas más fuertes, pero que le iban a destrozar el cerebro y los músculos. Yo conocía a tipos que le habían reventado los brazos cargando un paquete, que la espalda se les había roto debajo de un saco lleno de papas. El Escritor dijo que no importaba, y que tenía dinero para comprar los testo y todo lo que hiciera falta. Tenía dinero, no era mucho pero podía servir, no le habían revisado en el calcetín. Finalmente me convenció, le dije que me siguiera que lo iba a llevar a mi medico, que si además me compraba unos testo no tenía que trabajar en la mañana y lo podría ayudar. Su rostro se iluminó cuando le dije eso.

Mientras esperábamos que saliera Don Pedrolo, sentados en unos bancos de tres patas y con una mesita llena de Condoritos, nos quedamos callados como dos viejos amigos. Desde las paredes unas peladas nos miraban, una de ellas con grandes melones me sonreía a mi, era del tipo que me gustaban, pero hace mucho no se me ponía dura, cosas del testo me dijo Don Pedrolo una vez. Así que aparté la mirada de la tetona y observé al Escritor que hablaba nuevamente con su muñeca. Tenía canas en el cabello, los ojos oscuros como si le hubieran operado de la vista con un láser viejo, mirado así no parecía tan debilucho, pero era muy flaco. Llevaba un pantalón viejísimo y una camisa medio blanca. Tenía además un jersey de lana sintética de llama color negro, la chomba le quedaba grande pero la camisa que salía debajo parecía que le quedara pequeña.

De pronto me soltó: “¿por qué te hiciste eso?”, me preguntó porque el testo, y la columna reforzada, y las rodillas.

Le expliqué que tenía mis razones para hacerlo, había sido luchador, pero seguro que él no se acordaba de mí, ya nadie se acordaba. Había combatido en campeonatos internacionales, mi nombre lo conocían en todas partes, pero todo eso acabó cuando le reventé la cabeza a un compañero. Era un luchador Chileno recién llegado, era joven pero tenía los músculos de un Hércules, era hermoso, si vieras como se ponían las chicas por él. Era medio rubio con el cabello de suaves ondas, tenía una sonrisa perfecta. Decían que sus músculos los habían construido los americanos, que incluso su corazón era una máquina. Cuando luchamos demostró lo mejor que tenía, sabía artes marciales y esas cosas. Se agarró de mi cabeza con las rodillas con un increíble salto y me intentó tirar al suelo pero yo era más grande y me lancé de espaldas para golpearlo contra el suelo, y me lancé a su cabeza. Pero algo debí hacer mal cuando lo agarré y lo golpee con el puño cerrado. Yo lo quería desmayar, ganar por K.O., pero sentí como si se rompiera una sandía. Mi puño sintió algo pegajoso El muy imbécil no se había reforzado la nuca. Podía tener una columna de tecnología de nave espacial pero se olvidaron de tapiarle la cabeza. Por esa estupidez lo había matado. No era ilegal en ese deporte, pero estaba mal visto. Los chilenos se la cargaron contra mis jefes y mis jefes contra mí. En pocas semanas ya no tenía dinero ni para el testos. Si no quería desinflarme como un globo viejo tenía que conseguir pasta. Trabajé de gorila de discoteca, de guardaespaldas de Narco, pero era demasiado fuerte. En una discoteca le rompí la columna a un niñato de dos metros que se propasaba con su novia. El Narco me quería pero no paré la bala que le destrozó la cabeza, soy fuerte pero no muy rápido.

Finalmente llegué aquí. Siempre hay un lugar para tipos fuertes. Aquí nos cuidan, quizás nos tratan como si fuéramos burros de carga, nos alimentan y drogan, y nos dan de a palos cuando hacemos algo mal, pero al menos es un trabajo.

Cuando Don Pedrolo salió de su consultorio había terminado de comerse un sándwich. Sus bigotes estaban llenos de salsa y un par de cebollas picadas todavía colgaban de las puntas. Sin saludarnos salió hasta la puerta donde se compró un refresco de mocochinchi. Se lo tomó entero y su mejilla se infló con el hueso del durazno. Finalmente se acercó a mí y me extendió la mano. Le presenté al Escritor y le dije lo que quería. Don Pedrolo lo miró raro pero no dijo nada mientras cambiaba el hueso de durazno al otro lado de la boca. Es lo bueno de Don Pedrolo, le puedes decir que te extirpe la cabeza sin anestesia o que te inyecte alquitrán en una vena, si le pagas no se hace ningún problema. Él hace operaciones rápidas, implantes sencillos como los que tiene el Escritor en su brazo, abortos o implantaciones de óvulos. También tiene una pequeña farmacia con todo lo que puedas necesitar. Mientras acompañaba al Escritor a su consultorio le pedí que me sacara un paquete de testos para mi hipodérmica, además como lo pagaba el Escritor le pedí que fueran de marca. Alguna vez me tenía que dar un lujo.

El Escritor salió del consultorio media hora después, yo estaba volando con uno de los testos de lujo que me había dado Don Pedrolo. Sentía como si mi cuerpo fuera el de un coyote o un zorro corriendo a toda velocidad por el campo detrás de un conejo. Si cerraba los ojos casi podía oler el aire húmedo y el rastro del animal. Era un testo condenadamente bueno.

El Escritor me mostró su espalda. Donde antes tenía el montículo de huesos de la columna vertebral ahora tenía un brillante caparazón recto y articulado como una serpiente. Era un protector lumbar, una espalda de tortuga, así le decíamos. Era buena marca aunque se veía óxido entre las articulaciones, eso quería decir que no era tan nueva. También me mostró una hipodérmica que le había dado. Tenía veinte tomas de analgésicos contra el dolor y otras veinte de un reforzador de músculos. Esto evitaría que se le desgarraran como un papel, pero el problema es que esa droga se te subía a la cabeza. Se siente como si una rata gris te caminara dentro el cerebro buscando una pose para dormir. No sabía lo que pasaría con la dosis que le había dado don Pedrolo. Pero bueno, eran los músculos y la cabeza del Escritor.

Cuando salimos a la calle me sentía como un profesor con un alumno nuevo. Con un gesto abarqué todo el mercado mostrándole cual sería su universo a partir de ahora. Delante nuestro cientos de personas avanzaban en todas direcciones empujándose y cediendo el paso, cargados de bolsas, de bultos. Mirando ávidos las mercaderías. Los puestos de venta estaban distribuidos en tres formas. Los primeros eran pequeñas tiendas en las bases de los edificios, las persianas metálicas subidas y la mercadería inclinándose hacia la calle. Estos eran los puestos más caros y de productos especiales. Había tiendas de juguetes, de zapatos, de música, de carne, todo lo que te pudieras imaginar.

Los siguientes puestos estaban organizados en bloques y pasillos. Eran puestos que podían encerrar a los productos por la noche, activaban las alarmas y los sistemas de seguridad. Eran puestos fijos de vendedores minoristas, vendían ropa, productos de higiene, bebidas alcohólicas, torres de mercadería a la vista y que de noche se ocultaban tras el cofre metálico. Desde la inmensidad de sus pequeñas tiendas surgía a cabeza o el torso del vendedor, muchos iban conectados a una emisora local, otros veían a la gente que pasaba con una miraba de cazadores de presa. Los compradores se paraban momentáneamente observando los productos, el vendedor desde el interior iba recitando marcas, precios y medidas como si fuera una máquina.

El último tipo de puesto era el ambulante, podían ser carros llenos de dulces, herramientas de trabajo, películas, aparatos tecnológicos. El puesto ambulante avanzaba ofreciendo sus productos sobre carretillas, coches de dos ruedas, bicicletas con plancha expositora e incluso sobre la cabeza de la vendedora. La otra variedad ofrecía las mercancías directamente sobre el suelo, encima de aguayos o telas bastas, allí vendían fruta, verdura, contactos de electricidad, diferentes tipos de tarjetas. Estos puestos cambiaban siempre de lugar. Aunque existían asociaciones y sindicatos de vendedores con complicadas estructuras y categorías sociales, toda la geografía del mercado podía cambiar de un día para otro. La información corría entre los puestos mayores gracias a los vendedores ambulantes, contraseñas, informes e instrucciones permitía que el mercado se autorregulara de forma automática. Así entonces la marea humana de compradores entraba en íntimo contacto con los vendedores ansiosos.

Fuera de estos puestos de venta, se podían encontrar muchos otros particulares desparramados en toda la superficie del mercado. Por ejemplo bloques enteros de comedores al aire libre, gigantescas ollas cocinando desde muy temprano guisos y sopas. Vendedores cargados con platos de comida, refresco, café o helados avanzando entre la multitud. Pequeños ataúdes verticales de vidrio donde podías encontrar a los tecnos, estos te arreglaban la radio, te cambiaban la pila del reloj o te hacían una reparación sobre la marcha en el procesador que llevabas implantado en la órbita del ojo. Matones y agentes de seguridad recorrían el mercado con arpones eléctricos y cámaras filmadoras detrás las pupilas de vidrio. Hombres pequeños con chaquetas amplias que ocultan relojes falsificados, implantes orgánicos y títulos de propiedad de lunas que no existen.

En medio de la multitud se pueden ver desde lejos unas montañas avanzar. Gigantescos bultos que sobresalen de la multitud y que avanzan evitando aplastar a las vendedoras sentadas en el suelo. La superficie uniforme de cabezas es interrumpida por esos hombros y cabezas, normalmente cargados de toda clase de bultos. Son como icebergs recorriendo lentamente los mares del sur. Estos son los cargadores, gigantescos hombres musculosos llevando sobre los hombros atados de mercadería que pueden superarlos fácilmente en peso. En el mercado es tal la densidad de la gente y hay tanto obstáculo en medio de las calles borradas hace tiempo, que cualquier vehículo que se aventure en esta región queda rápidamente detenido a no ser que decida empezar a empujar peatones con furia y a pasar encima de puestos de fruta, y hay quienes lo hacen. Buques rompehielos que van dejando un reguero de insultos y huesos rotos. Es por esta razón que los cargadores son la mejor forma de transportar mercadería en cantidad. Sus cuerpos modificados ya sean genéticamente, mecánicamente, por drogas o por cirugías mayores avanzan por la multitud llevando sobre los hombros cajones llenos de fruta, atados de verduras o de ordenadores de bolsillo taiwaneses. En alguna ocasión incluso se puede ver al cliente subido en la espalda de su cargador junto a sus bolsas de compras.

El Escritor miraba todo esto fascinado. Incluso se había olvidado de hablar en voz baja con su muñeca. Tenía los ojos bien abiertos y observaba lo que ocurría delante suyo como si de verdad fuera digno de ser admirado. Yo me quedé viéndolo sorprendido por su propia sorpresa.

Nos dirigimos a la sección de descarga donde podríamos conseguirle trabajo a un alfeñique como él. A medida que nos acercábamos una nube densa de polvo se posó sobre nuestros hombros, en el suelo el polvo finísimo de yeso y los cascotes de ladrillo roto hacían que caminar fuera una tarea peligrosa. En ese instante unos camiones muy largos hacían su entrada que levantaban a su paso densas nubes de polvo.

Teníamos suerte, acaban de llegar los camiones de cemento, tendrían un trabajo incluso para mí. Ya se encontraba el contratista escogiendo a los cargadores que estaban esperando el camión. Cuando me vio me hizo un gesto de bienvenida con la mano, después escupió sobre el suelo de yeso un flemón manchado de rojo. “¿Quien es tu amiguito?”, me preguntó cuando estuve más cerca de él. “Un nuevo cargador, le acaban de instalar una espada de tortuga”. El contratista lo miró con un gesto de incredulidad en el rostro. “Así que sigues dopado con los tranquilizantes” le dijo golpeándolo en el hombro, “ya verás cuando se empiece a despertar tu espalda”. Le pregunté si tenía trabajo para nosotros y nos señaló con un dedo los camiones que acababan de llegar, eran trailers de 18 ruedas con remolques de tamaño similar por detrás.

Estábamos en la sección de carga, la más alejada del mercado y el único camino por la que podían llegar los vehículos. Había una sección para comida, la sección de materiales de construcción que era donde nos encontrábamos, una tercera para todos los otros productos y la cuarta para la basura. Aquí llegaban los productos, los materiales pasaban a sus propietarios y estos con la ayuda de un cargador lo llevaban hasta su caseta o puesto de venta. Este lugar estaba repleto de gente a primera hora. Es un trabajo seguro para los cargadores, pero conseguir contratos temporales dentro del mercado da más dinero. Cuando necesito dinero seguro vengo a la sección de carga, pero si ya tengo mis dosis de testa y dinero para beber prefiero ir en busca de clientes particulares.

Nos dieron un camión para nosotros dos y para El Indio. Supuestamente cada camión era para dos cargadores si es que no había prisa, así que sospeché que lo hacían por causa del Escritor. Seguramente también nos pagarían menos, al final de cuentas lo hacían como un favor. El camión se abrió con un deslizarse de muelles y dos hombres nos vieron con los ojos rojos desde dentro. Ellos se encargarían de ponernos las bolsas de cemento en la espalda. Comenzamos con calma, el Indio y yo cargábamos diez bolsas cada uno, era un buen número para no tardar demasiado ni para cansarnos. Después teníamos que recorrer unas dos manzanas hasta los almacenes de cemento y nuevamente regresar a cargar diez bolsas más. El Escritor cargó primero cinco bolsas y cuando intentó la sexta sus piernas no lo aguantaron así que se la tuvimos que quitar. Era su primer día y recién había empezado a tomar el reforzador de músculos así que no le exigimos más. Empezamos a realizar los viajes.

Si las bolsas de cemento estuvieran cerradas al vacío, el cemento aun saldría hacia el exterior, así de fino es el polvo de cemento. Pero estas bolsas no están cerradas al vacío ni mucho menos, así que cada vez que te lanzan una nueva bolsa de cemento a la espalda una nueva nube se eleva para depositarse con suavidad sobre tu cabello y ropa, pegarse a tu piel introducirse a tu nariz y boca y a todos los orificios de tu cuerpo. Con la humedad que tu cuerpo la piel cobra una especie de capa resistente que se resquebraja con el movimiento. Lo mismo ocurre en tu nariz y boca sólo que cuando hay movimiento, como un ataque de tos, el cemento se mete para adentro. Trabajar con cemento es fácil, sólo hay que llevar bolsas de cemento de un lado a otro. El problema es cómo te queda el cuerpo y la cabeza después. El cemento en polvo también se te mete a tu flujo sanguíneo y llega hasta tu cabeza causándote dolor como si te hubieras emborrachado con queroseno.

Un par de horas después ya habíamos descargado el camión. Teníamos el cuerpo cubierto por una capa grisácea y unos regueros, como los afluentes de un río, hechos por el sudor. Sólo hay una forma de quitarte el dolor de cabeza y el sabor de cemento de la boca. Con mi mano izquierda en la agotada espalda del Escritor y el Indio siguiéndonos a pocos pasos detrás de nosotros nos dirigimos al bar de Doña Juanita. Allí nos estaba esperando una fría jarra de algo muy parecido a la cerveza sólo que sin burbujas y sin espuma, o sea una amarga bebida alcohólica fría como el demonio. También nos esperaba un plato hecho de arroz y mote. El mote eran de uno nuevo tipo de maíz que daban granos del tamaño de una tarjeta de memoria, además no tenían ningún sabor y al masticarlos parecía corcho, pero por lo que pagábamos no podíamos pedir nada más. Afortunadamente doña Juanita sirve la llajua más picante de todo el mercado y con la boca ardiendo como un volcán cualquier comida sabe bien.

El Escritor me preguntó sobre el Indio que comía en la mesa de al lado y que hasta ahora no había dicho nada. El Indio tenía casi mi tamaño, los brazos tan anchos como las piernas del Escritor y la piel como con la textura y el color de una montaña de greda. El Indio era el único cargador que conocía que no tenía nada artificial, ni implantes, ni operaciones, ni hormonas, ni testo, ni nada. Alguna vez alguien nos contó que había nacido así, un gigante bobalicón, en un pueblo de campesinos del altiplano. Pronto se dieron cuenta que el niño era especial, a los 10 años ya tenía la estatura del padre y pronto ya tuvo que dormir en el establo junto con unas llamas flacas porque no entraba en la casa. La comunidad estaba asustada así que con buenas maneras lo echaron, su madre lloró y su padre cogió su manaza entre las dos suyas y le deseó lo mejor. Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegó al mercado, no sabe ni una palabra de castellano pero al parecer lo entiende porque nunca ha tenido problemas con las órdenes. A parte de eso no se sabe nada más de él.

El Escritor en ese instante se levantó con su plato y se fue a sentar a su lado. Al principio se quedaron los dos callados comiendo su arroz y su mote. Pero en un momento el Escritor dijo algo en voz baja y el gigante se le quedó viendo con los ojos abiertos. En seguida le respondió también en voz baja y ambos hombres empezaron a hablar. La comida del Indio casi se enfriaba pero él seguía hablando, el Escritor sólo escuchaba y de rato en rato hacía alguna pregunta o asentía con la cabeza. Cuando terminó la conversación el Escritor volvió a mi lado y me contó lo que habían hablado.

Dice que el Indio habla Quechua, un idioma casi desaparecido en la ciudad pero que aun se habla en algunas comunidades. Le contó que la historia del pueblo era cierta, que su padre lo había despedido deseándole lo mejor pero también le había dado la dirección de un pariente suyo en la Ciudad del Alto. Cuando el Indio había escuchado aquel nombre se le había iluminado el rostro y había pensado que con ese nombre La ciudad del Alto era la ciudad perfecta para él. Después de varios días de camino llegó a El Alto, una ubre hiperurbanizada a varios kilómetros de La Paz que se había convertido en el último tiempo en refugio de moros, paquistaníes, iraníes, etc. Moros llegados desde el otro lado del planeta que habían convertido a la ciudad en una especie de zoco árabe. Al principio les costó acostumbrarse a la altura pero finalmente lo habían conseguido y los edificios mal construidos de adobe y ladrillo pronto confluyeron en angostas callejuelas resguardadas del frío altiplánico mientras que sus mujeres combinaron el burka con las muchas polleras de la chola paceña para combatir el frío. Allí encontró al pariente de su padre que sin decirle nada lo contrató para sus obras. Estuvo construyendo casas mucho tiempo hasta que un día su tío murió de un accidente al caerse del edificio en el que trabajaban. Tuvo que marcharse ya que nadie entendía su idioma y el no entendía esa mezcla de árabe y aymará que se escuchaba por allí.

Llegó al Chapare donde estuvo un tiempo trabajando en plantas de maceración de coca pero un día se enfrentó a un caporal que a pesar de medir metro y medio lo tratara como si él fuera un enano. El golpe no le había hecho nada, salvo reventarle la nariz y dejarlo desmayado un par de horas. Pero cuando despertó persiguió al Indio a balazos hasta la carretera de salida del chapare. Llegó caminando hasta Cochabamba, por el camino lo quisieron meter en un movimiento indígena como guardaespaldas del líder pero él era una persona pacífica (a no ser que lo trataran como enano) así que siguió su camino. Finalmente llegó al mercado donde vio un trabajo sencillo que podía hacer bien y se quedó aquí. La última confesión que le había hecho al Escritor fue que no sabía ni una palabra de castellano y ni siquiera lo entendía. Lo que pasaba es que era muy bueno entendiendo signos y gestos, así que nunca había tenido problemas con las direcciones que les daban, direcciones que al final las podían entender hasta un burro de carga.

Le pregunté al Escritor dónde había aprendido a hablar ese idioma. Me contó que lo había aprendido en los libros de una biblioteca, los pocos libros que conservaban aquel idioma, me dijo que era un idioma dulce pero yo le dije que sabiendo castellano, quechua y un par de palabras en inglés de las películas, era suficiente.

El resto de la tarde estuvimos descargando tablones de madera. Era un trabajo fácil, ya que los tablones eran mucho más livianos, pero podía ser complicado porque eran listones muy largos y difíciles de manejar. El Escritor resultó bueno bajando tablones. Entendía muy bien cómo había que manejarlos, como si fueran gigantescos tacos de billar, y pronto me tuvo que dar una mano con aquellos que se quedaban atravesados dentro el camión.

Aquella noche después de cenar unas papas hervidas como mucho ají rojo el Escritor me preguntó si tenía espacio en mi casa para él. Le pregunté si no tenía más dinero, porque había unos cuartos baratos cerca del mercado donde seguro estaría más cómodo pero me dijo que todo el dinero que tenía era el que había ganado hoy, lo que había traído lo había gastado en su operación. Le dije que si se compraba un manta se podía quedar en un rincón de la casa. Una sonrisa le iluminó el rostro.

Esa noche yo dormía soñando con una gigantesca llanura por la que avanzaba como si fuera un gigante, un gigante grácil de piernas muy largas. Antes de acostar me había puesto otra dosis de testo y los sueños eran hermosos. Cuando de pronto un gemido me despertó. Era un gemido de dolor, más bien era un grito ahogado. Mis compañeros de habitación se movieron en su sitio sin llegar a despertar. Era peligroso despertar a uno de esos gigantes a media noche.

Me levanté con la luz que entraba de la calle, la calle siempre tiene las luces encendidas. El Escritor estaba mordiendo su frazada recién comprada mientras un reguero de lágrimas le bañaba el rostro. Pensé que lloraba, de rabia, de pena, de frustración. Yo había llorado de esas cosas en alguna ocasión. Pero no, las lágrimas no estaban solas, tenía el cuello mojado de sudor y la espalda arqueada hacia atrás. El anestésico de Don Pedrolo se le estaba pasando. Ahora si que debía sentir dolor. La espalda de tortuga se acopla directamente con la columna vertebral con unos grampones en determinadas vértebras. La espalda de tortuga está hecha para protegerte la columna pero nadie había dicho que era una bonita operación: La piel separada y cauterizada por donde entraban los grampones, y las terminaciones eléctricas conectadas con la médula para poder moverla sin problemas. Saqué de debajo de la almohada del Escritor su hipodérmica y le inyecté dos disparos en el cuello. Esto lo tranquilizaría, claro que a la mañana siguiente tendría una resaca como si una gorda se le hubiera sentado en la cabeza. Aun agarrotado con la espalda tensa y la cabeza inclinada hacia atrás finalmente el Escritor parecía que dormía. No quería imaginar sus sueños y de ser posible yo quería volver a los míos. Sueños de gigantes elegantes sobre la pradera.

Cuando desperté a la mañana siguiente el Escritor fumaba sentado sobre sus mantas, su rostro parecía cansado y un tanto gris pero al parecer la espalda ya no le dolía tanto como la noche pasada. Nos levantamos sin decir nada y fuimos a desayunar a un puesto de la esquina. Ya más despejados el Escritor me comentó si ese día también quería que le de una mano, me prometió que después de hoy ya no tendría que guiarlo y que él podría hacer sólo su trabajo. Como aun tenía los testo que me había comprado y no estaba mal de dinero le dije que lo ayudaría pero que ese día iríamos a buscar clientes particulares.

Una vez desayunados nos zambullimos en la multitud, yo podía ver sin dificultad por encima de las cabezas de la mayoría de la gente y ellos tendían a apartarse de mí, así que no tenía problemas para avanzar. El Escritor en cambio caminaba detrás de mí salvando obstáculos, pidiendo disculpas por los empujones y de rato en rato buscando mi cabeza en la multitud para no perderse.

Buscar clientes particulares es sobretodo un arte. Ellos nos ven sin ningún problema por nuestro tamaño pero tenemos que ser nosotros los que nos ofrezcamos voluntarios. Tenemos que poder reconocer en la multitud algún rostro expectante buscándonos hacia lo alto. Encontrar ese rostro y acércanos inmediatamente bien dispuestos es un acto reflejo. Hay además una especie de ética laboral que no te permite acercarte a un cliente que ya tenga cargador a no ser que este último te haga un gesto para que lo ayudes con la carga. También es una razón de orgullo no necesitar ayuda para la carga y ponerse todos los bultos sobre los hombros sin ayuda y sin necesidad de un segundo viaje.

Estuvimos deambulando entre la multitud buscando clientes. Primero recorrimos la sección de papas y arroz, donde había posibilidad de encontrar clientes, después nos acercamos a la sección de tecnología. Llevar una televisión plana del tamaño de un pequeño cine o la enorme caja donde se almacenan cientos de altavoces para distribuirlos en toda la casa es un trabajo peligroso. Las cajas son livianas pero voluminosas y sumamente frágiles. Alguna vez algún cargador cayó de rodillas con un televisor de pantalla plana, el medio centímetro de ancho de la pantalla quedó convertido en arena. No se sabe que ocurrió con aquel cargador, la ira de su cliente se volvió en algo legendario y aun inventamos e imaginamos las torturas que le hizo sufrir.

Finalmente llegamos a la sección de muebles. Aquí de seguro encontraríamos clientes ya que es casi imposible que dos personas llevarse a rastras un sillón recubierto de imitación de piel. Estuvimos observando a la multitud que abría puertas de armarios, medía escritorios y comparaba tonos y tintes de madera. Finalmente detecté a nuestras dos próximas clientas. Estaban comprando un juego de sillones color rosa, el material era una especie de cuero teñido y estaba estampado con grandes flores de pétalos carnosos. Eran cuatro muebles, un sillón doble y macizo y dos simples. Era justo lo que necesitaba para que el Escritor pudiera continuar como cargador.

Me acerqué a las dos jovencitas que miraban ansiosas en busca de ayuda. Su primer gesto al mirarme fue de aversión con un fruncir de labios y de elevar la nariz. Un gesto casi automático que detecto en las mujeres desde hace mucho tiempo. Cuando estoy sin camisa frente a un espejo, dos situaciones que en general nunca coinciden. Puedo ver mis músculos crecidos desproporcionadamente con venas azules y medio amoratadas, el efecto normal del testo. Mi rostro tampoco es un poema ya que después de muchos años de lucha libre el rostro es lo que más sufre puesto que no existe un sistema de protección decente para el rostro. Así que tengo el rostro como una papa particularmente grande y vieja. Tengo el pecho también hinchado por el testo y parece que tuviera dos tetas de vieja, pero en realidad son duras masas de los músculos pectorales. Tengo las piernas entreabiertas a los costados ya que no las puedo juntar por causa de los tríceps crecidos, además la espalda semirígida por el refuerzo en las articulaciones me da una apariencia medio desgarbada. Es normal que las niñas pongan ese gesto al verme, pero duró sólo unos instantes. Después con una simpatía que les surgía de lo más profundo de sus cuerpecitos estallaron en unas sonrisas de alegría al vernos acercarnos a ellas. También la presencia del Escritor parecía haberlas tranquilizado. Incluso daban saltitos de alegría cuando nos pusimos a su servicio.

Era la primera vez que venían al mercado. Eran niñas de calidad, jovencitas de familia de mucho dinero, eso se podía ver al instante. Tenían la piel perfecta con un ligero tinte de bronceado. Podría ser por rayos uva o tintes artificiales, pero por la apariencia que tenían se trataba más bien de largas temporadas en playas privadas. Era posible imaginárselas desnudas sobre una toalla en medio de una playa paradisíaca. A pesar de la agradable escena y una tonta sonrisa en mi boca mi entrepierna se mantuvo inmóvil. Las niñas tenían un elegante implante en el lóbulo derecho, así como en la muñeca. Instalaciones mucho más finas y cuidadas que las del Escritor. Una de ellas tenía un ojo cubierto con un lente, lo que supuse era una cámara de video transparente. Tenían los cabellos recortados con mucha gracia, una de ellas color rosado, el mismo tono que los sillones mientras que de la otra el tono cambiaba según se encontraba en sombra o en el sol entre verde y azul. Vestían con gracia, mostraban unas piernas finas, como de porcelana. La del cabello que cambiaba de tonos iba vestida con botas militares y la otra con unos elegantes zapatos que parecían más propios de una barbie.

Nos pusimos los sillones a las espaldas. Yo me cargué el sillón de dos plazas más un par de bolsas de compras que tenían. El Escritor se cargó primero uno de los sillones individuales y después le ayudé a cargarse el otro. Sus músculos habían mejorado desde el día anterior. Se movía con más soltura y aparentaba que hacía menos esfuerzo. Les ofrecí que se sentaran en el sillón sobre mis hombros. Sabía que no sentía nada físico por esos primores, pero igual me hubiera gustado sentir su peso y su olor de cerca. Ellas se miraron divertidas pero finalmente declinaron la oferta, prefirieron ir caminando al lado nuestro hablando rápidamente a toda velocidad. Al parecer el Escritor le resultó simpático porque empezaron a contarle sus cosas. Le contaron que era la primera vez que venían al mercado pero que estaban armando su departamento y no querían pedirles dinero a sus padres. Le contaron que estudiaban cine, de allí el implante de cámara, pero habían decidido que “ya era hora de vivir solas” y que vivían ahora en un bellísimo departamento del centro de la ciudad. Su parloteo me empezaba a cansar, pero el Escritor les pinchaba para que siguieran hablando. Ellas le contaron que eran pareja desde hace un par de meses pero que sus padres no lo sabían, seguramente se volverían locos si se enteraban que iban a dormir la misma cama. Habían dicho que se mudaban con una amiga de la universidad y no habían tenido problema con eso. Seguramente algún rato les tendrían que decir, o quizás primero se irían a estudiar al extranjero y se lo dirían cuando regresaran. Se reían imaginando la situación, bajando del avión cogidas de la mano y dándose un beso enfrente de sus padres.

Finalmente llegamos a la parada de taxis, habían vehículos de todas clases, algunos viejos coches a gasolina, pequeñas camionetas eléctricas, silenciosas pero lentas. Motocicletas para viajes veloces. Incluso vimos un par de taxis de hidrógeno, tenían una línea elegante, como si se tratara de una nave espacial. Iba casi pegado al suelo pero sus sensores hacían que las llantas se desplacen siguiendo la línea de la calle los baches o las cunetas sin que el vehículo note ningún movimiento. Las niñas que a pesar de querer ahorrar comprando en el mercado decidieron viajar en uno de los taxis de hidrógeno, seguramente era eso a lo que estaban acostumbradas. Después de pagarnos se despidieron con un precioso gesto, como un puchero antes de subirse al taxi riendo, cogidas de la mano. Nos repartimos el dinero y regresamos hacia el mercado en busca de más clientes.

Eso es quizás una de las cosas más extrañas que ocurre en el mercado. Esa mañana trabajamos con esas niñas, llevamos varias cajas llenas de jabones desde un vendedor mayorista hasta el puesto de un vendedor al pormenor. Acompañamos en sus compras a una anciana que cocinaba para todo un orfanato, y llevamos más de dos docenas de bolsas de compras de un cocinero que tenía un elegante restaurante en el centro de la ciudad. En sólo un día trabajamos para personas de todo tipo. Niñas con los últimos implantes japoneses, mujeres que aun seguían lavando a mano, hombres que en un día ganaban más que nosotros en toda nuestra puta vida, y trabajadores del mercado que vivían al día y tenían que especular con los precios para seguir adelante. La selva de personas, clases sociales y billeteras que se podían encontrar en ese lugar era una mezcla única. Al menos esa fueron las palabras que me dijo el Escritor esa noche al sentarnos para cenar un asado con arroz. Habíamos trabajado duro aquel día y estábamos agotados pero contentos. Teníamos dinero en el bolsillo y pronto las jarras de alcohol empezaron a circular delante de nosotros. El Escritor empezó a explicarme su teoría de nichos sociales, algo que no entendí nada salvo que el mercado era un punto donde se unían todas esas personas diferentes con las que habíamos trabajado. Después de comer estuvo conversando largamente con su muñeca, seguramente grabando todas las cosas que había visto durante el día.

Esa noche decidimos darnos un premio por un día bien trabajado. Así que decidí llevar al Escritor a una sesión de cine. Era una habitación oscura en la calle de los burdeles. En una pantalla gigantesca pasaban una película americana, era una película de ninjas. Ahora los americanos hacen muchas películas de ninjas. Y a pesar de que la pantalla era taiwanesa (por lo tanto deformaba mucho la imagen) la pasamos muy bien. Aplaudíamos cuando uno de los malos moría en un charco de sangre burbujeante y abucheábamos en conjunto cuando el héroe era traicionado por su novia. Al principio al Escritor se mantuvo callado mirando la película pero pronto ya gritaba como nosotros y se reía a carcajadas cuando los brazos cortados de los malos caían al suelo. La película terminaba con una escena musical en la que todos bailaban. Esa era una nueva moda americana que habían sacado del cine hindú. Al parecer había muchos hindúes en la sala o la gente había visto muchas veces la película porque empezó a cantar.

Cuando terminó y encendieron la luz pedimos que trajeran más jarras de alcohol. Teníamos que celebrar. El día siguiente era día de feria así que tendríamos mucho trabajo pero no nos importaba. Todos a beber.

Pronto se juntó a nuestra mesa el Pipa. Se sentó con un ruido de óxido de su columna metálica. Nos dijo que estaba ahorrando dinero para que don Pedrolo le hiciera un pulido porque ya no aguantaba el ruido, cada vez que se movía sonaba, así no había quien pudiera dormir. También llegó a nuestra mesa el Tubos. El Tubos había estado fuera de servicio algunos días. Había tenido una pelea con unos chiquillos con navajas. Dice que ahora los está buscando y que va ser mejor para ellos que no los encuentre. El Tubos tiene una instalación hidráulica. Trabajaba en construcción y en minas. En esa época había habido una subida del precio del estaño y había estado trabajando en Potosí. Sus jefes habían invertido en una instalación hidráulica para el trabajo en pozos. Les habían cambiando los músculos de brazos y piernas por bombas hidráulicas. Trabajaba todo el día con martillos hidráulicos para destrozar piedra. El martillo lo apoyaba en el hombro o en las piernas y sus propios músculos generaban la energía para trabajar. Era por eso que le salían unos tubos de los antebrazos y se le perdían por la espalda y lo mismo de las pantorrillas y los muslos. De cada extremidad le salían cuatro tubos, dos para el brazo y dos para el antebrazo y lo mismo en las piernas, y todos se reunían en la espalda, en una pequeña bomba que le habían puesto en la base de la columna. Los tubos estaban llenos de un líquido denso como el líquido de frenos. No se comprimía ni se dilataba con el calor o la presión. Gracias a eso tenía la fuerza para levantar o arrastrar pesos increíbles. El tubo que conectaba al martillo hidráulico lo había sellado cuando el mercado del estaño colapsó y todas las minas cerraron. Ahora trabaja como cargador y en ocasiones lo contratan para ayudar a hacer obras, sale más barato contratarlo a él que pagar por una perforadora mecánica.

El asunto de las navajas fue feo, finalmente contó. “Estaba sentado en una de las mesas de Doña Juanita cuando entraron dos parejitas de niñatos. Qué habrán estado haciendo ellos ahí. Seguramente querían aparentar de machitos ante sus novias. Claro que las que provocaban eran ellas, iban con minifaldas y medias de red. Empecé a hacerles chistes, les conté de mi potente martillo hidráulico y si lo querían probar” el Tubos casi se atora riéndose nuevamente por el chiste, “cuando uno de los niñatos se acercó con un cuchillo y me el cortó el tubo del antebrazo. Con el brazo izquierdo arruinado le arrojé la mesa con la derecha, se lo llevaron con la nariz sangrando pero no tenía tiempo para perseguirlos porque me estaba chorreando entero”. Nos contó que el líquido de frenos que utiliza se ha puesto muy caro, así que tuvo que buscar algo para tapar los cortes y empezó a recoger el líquido con un trapo. Nos mostró los tubos reparados con cola rápida, un apaño barato de los tecnos. Estaba furioso “Ahora tengo el brazo izquierdo medio débil por culpa de esos niñatos, hasta que tenga pasta para comprar más líquido y quizás un tubo nuevo”. Todos sabíamos que él se había causado los problemas y que aquellos niñatos tenían huevos para haber hecho lo que hicieron, pero igual le prometimos avisarle si los veíamos por allí con sus “perras”.

El Escritor había estado escuchando muy atento la historia del Tubos, y cuando termino empezó a hablar con su muñeca. Estuvo unos quince minutos así y cuando termino se le iluminó el rostro al volverse hacia nosotros. Empezó a beber nuevamente brindando por todo y por nada y esa noche casi me lo tengo que llevar a cuestas nuevamente.

El día de feria es un día especial en el mercado. Si cada día hay mucha gente caminando por la calle, ese día la multitud se duplica o triplica. Es cuando llegan al mercado productos nuevos, la gente entonces llega para comprar en cantidad y a buen precio. Desde muy temprano se amontonan para comprar pescado de camiones llenos de hielo, fruta de camiones recién llegados del chapare con montañas de mangos, piñas o papayas. Se pueden comprar televisores de pantalla plana. Sacos de harina. Toneles de aceite. Sucedáneo de carne. Grandes atados de algas. Cajas de productos de belleza. En fin, ese es el día en el que los minoristas compran en cantidad para vender piezas sueltas y ganar en la diferencia de precios. Es también el día que más trabajamos los cargadores.

Muy temprano en la mañana ya estábamos en la zona de descarga. Casi todo el mundo estaba allí. El Escritor que se había despertado con muy mala cara miraba a los gigantes que tenía a su costado con una mezcla de miedo y fascinación. La multitud estaba silenciosa, entre gruñidos y discusiones en voz baja. Los cargadores en general no somos conversadores y preferimos meternos en nuestros propios asuntos. Había dormido pocas horas pero el dolor de cabeza se me había pasado por la dosis de testo que me había puesto antes de venir. Era la penúltima que me quedaba, la siguiente, al pagarla yo, no sería de tan buena calidad.

Ese día apenas pude ver al Escritor. Teníamos mucho trabajo y no podía detenerme para ayudarlo con sus cajas o sus bultos. Había conseguido trabajo, ese día todo el mundo lo hace, y las pocas veces que lo ví, estaba silencioso bajo un bulto casi de su mismo tamaño derramando regueros de sudor.

A la hora de comer no apareció donde doña Juanita y me di cuenta que extrañaba su conversación, muchas veces no entendía lo que decía, pero a pesar de eso era entretenido. Comí en silencio como siempre he acostumbrado a hacerlo, aunque miraba a mi alrededor curioso, intentando ver lo que le sorprendía y atraía tanto al Escritor como para venir aquí a trabajar con nosotros. No pude descubrirlo.

Por la noche, de nuevo donde doña Juanita, lo volví a encontrar. Me contó que había estado todo el día descargando cajas de televisores. Al parecer despertaba confianza ya que aunque no era tan fuerte trataba con delicadeza los equipos. Brindamos por un buen día de trabajo y empezamos a beber. El día siguiente sería más tranquilo así que hoy pedimos que nos trajeran mucha más bebida.

Esa noche volví a despertarme por los gemidos del Escritor. Parecía que seguía teniendo problemas con la espalda. Después de ayudarle a inyectarse los tranquilizantes y esperar que surtiera efecto le pregunté cómo le iba con los reforzadores de músculos. Mientras fumábamos a medias un cigarrillo me contó que tenía toda la piel morada como si lo hubieran golpeado con largas varas de madera, y también le dolía como si lo hubieran apaleado pero funcionaba. “Y la cabeza”, le pregunté. Me dijo que bien, que le dolía a ratos y que tenía pesadillas pero estaba acostumbrado a los dolores de cabeza. Toda su vida había tenido migrañas y estas no eran las peores.

Me contó que hace tiempo vivía en La Paz, tenía un pequeño apartamento y allí pasaba muchos días escribiendo y leyendo. En esa época los dolores de cabeza parecía que se la iban a abrir por dos, pero aprendió a sobrevivir con ellos. Cuando le llegaba la migraña encendía un cigarrillo y se concentraba en el calor de su punta, mientras fumaba. Poco a poco el dolor se iba marchando junto al humo. Cuando se acababa el cigarrillo el dolor había desaparecido casi completamente. Después tosía toda la noche sacando alquitrán de los pulmones. También me contó de las noches en las que llegaban amigos a su piso, se quedaban en silencio, sin hablar escuchando música. O cuando decidían salir de noche y terminaban bebiendo y congelándose por el frío en alguna plaza de la ciudad.

Nos dijimos buenas noches y volví a acostarme. Antes de dormir volví a escuchar un par de veces los quejidos del Escritor. Esa noche yo también tuve pesadillas, recorría largos pasillos sin llegar nuca a ningún lado y veía el humo de un cigarrillo elevarse como si el mundo entero se estuviera quemando.

Dos días después fue el primer fin de semana que el Escritor la pasó aquí. El sábado es también día de feria y trabajamos hasta tarde, pero como el domingo casi nadie viene al mercado nos podemos quedar hasta tarde bebiendo donde doña Juanita. Este sábado en particular el Tubos nos convenció de pasar por el burdel, tenía ganas de hacer funcionar su martillo neumático. A mi no me apetecía demasiado pero acepté la propuesta, el Escritor también nos acompañó. Parecía que la espalda estaba cada día mejor, pero el refuerzo muscular le estaba destrozando. Después de un día particularmente difícil mientras nos dirigimos al burdel él arrastraba las piernas sin ganas. Se había hecho con una caja de vino que tomaba a sorbos mientras nos seguía. Estaba callado y parecía que algo le preocupaba. Mientras esperábamos que las chicas nos atendieran me dijo que estaba bien, que estaba muy cansado pero que hace muchos días no escribía. Me mostró su antebrazo y la pantalla blanca de su procesador. A mi eso no me decía nada pero al parecer esa pantalla blanca lo perturbaba mucho. Finalmente cuando llegaron las chicas le dije que se olvidara de eso y que se fijara en las tetas de la que le había tocado. Que eso le alegraría el día.

La que me tocó a mi tenía unas lindas tetas, parecían de buena marca, no tenía esos inflamados pezones típicos de Don Pedrolo. Me aferré a sus melones y le empecé a chupar con ganas. No sentía nada en la entrepierna pero me gustaban esas formas suaves y cálidas en la boca. La mano de la chica me palpaba la entrepierna. Ya me había pasado eso alguna vez. “Lo siento reina, la testo me causa eso”, “Pero cariño, ¿no te gusto?, ¿no estoy buena para ti papito?”. Me causaba gracia que se sintiera ofendida por mi falta de ánimo. “Estás rica reina, no es tu culpa”. “¿Puedo intentarlo?”. Con un gesto le enseñé la bragueta para que lo intentara. Estuvo besando, lamiendo y chupando un buen rato hasta que se aburrió. Yo la pasé bien, e incluso en algún momento sentí algo allí abajo, pero ella con un gesto de puchero en el rostro se hizo a la ofendida. Cuando acabó la media hora le di un beso en la mejilla y salí de la habitación. Afuera ya se encontraba el Escritor. Miraba con atención el procesador de su brazo que seguía blanco. “¿Algo?” le pregunté. Un gesto de hombros fue su única respuesta. Me senté a su lado con un melancólico “te entiendo” por mi parte. Acabamos riéndonos de nuestra patética situación. Salimos del lugar dejando al Tubos y a un par más que al parecer habían conseguido sesión doble.

Esa noche lo llevé al Cementerio de Elefantes. Era un bar más alejado que el de doña Juanita, es más sucio pero siempre hay mesas libres y mucha bebida que era lo que necesitábamos. Cuando nos sentamos en unas viejas de madera que a pesar de los años, su tosca figura sabía resistir bien el peso de los cargadores. La mesa cubierta de marcas, dibujos de penes y rayadas con lapiceros pronto estuvo llena de botellas marrones de cerveza (o algo parecido), reíamos y conversábamos de todo. El Escritor me contó su aventura con la puta de la noche con la que tuvo unos instantes sudorosos pero que después no aceptó contarle cómo había llegado hasta allí. Le había dicho que su madre era puta y que por lo tanto era ella puta, la ley de la vida le dijo, y lo echó para darle paso al siguiente cliente. Yo por mi parte le conté también de los intentos vanos de la putita que me tocó y que la testo me hacía eso a veces, que lo extrañaba pero tampoco demasiado. A medida que pasaba la noche el ambiente se fue poniendo espeso. Las bebidas seguían pasando. Detrás de la barra a una buena altura una chola vieja vigilaba con su único ojo sano a la multitud. En la otra órbita tenía un pequeño lente y un armatoste metálico a su costado. Era un ojo mecánico, se lo pusieron cuando su primer esposo le reventó el ojo de un navajazo. Dicen que con su nuevo ojo puede ver calor y sentir metales para que no metamos armas y esas cosas. Su aguda mirada impar se relajaba hasta casi sonreír cuando algún cargador se acercaba a la barra a pedir una nueva jarra o balde de licor. A la chola le gustaban los cargadores, su hermano había sido uno. Yo ya no lo llegué a conocer pero dice que él la trajo del campo y la instaló en el mercado. Primero le consiguió un puesto de frutas y con los años le consiguió el bar. Dice que pagó por su ojo mecánico, y que incluso le hizo una visita al ex marido de su hermana. A este alguna vez se lo ve todavía en el mercado, es un ciego con las dos cuencas limpias como cáscaras de huevo. Camina con un bastón y un niño que le hace de lazarillo y que sobrevive de limosnas y de los platos de comida que su ex mujer a veces le pasa en el Cementerio de Elefantes.

“¿Porqué se llama así? Cementerio de Elefantes”, preguntó el Escritor a alguna hora de la madrugada. Habíamos dejado de hablar hace rato y sólo bebíamos. Miré a mi alrededor como intentando deducir del ambiente la razón del nombre del lugar. Casi todas las mesas estaban llenas, muchas con borrachos durmiendo con la cabeza pegada a la madera y el resto hablando en voz baja. Aquí y allá se podían ver las altas espaldas y hombros de los cargadores. Esa noche se podían ver unos siete u ocho repartidos en diferentes mesas. La luz estaba en semipenumbra. De rato en rato alguien se levantaba y se dirigía a los baños. Un asqueroso pozo cavado en el suelo. Cuando se dirigía hacia el baño tenía que pasar junto a una puerta batiente. A pesar de no estar cerrada nadie entraba por ella, aun así las miraban seguían a cualquiera que se acercara a la puerta. “No lo se”- finalmente le respondí- “Les habrá gustado el nombre”. Bebimos un poco más y después decidimos marcharnos a casa.

La mañana siguiente, el domingo, podíamos levantarnos tarde. Casi no había nada que hacer. A media tarde nos encontramos con el Pipas que nos contó que su hija se casaba. Que si queríamos acompañarlo. Como no teníamos nada que hacer lo seguimos. Estuvimos caminando mucho rato hacia la zona sur. Pronto dejamos atrás los apretados pasadizos del mercado, los viejos edificios del centro, las calles llenas de basura del día anterior. Pronto empezamos a encontrarnos casas bajas de una o dos plantas, casas con un patio de tierra central, los edificios empezaban a escasear y aunque ahora casi no encontrábamos asfalto y era todo adoquín o piedra el lugar parecía más limpio.

Mientras caminábamos el Escritor me contó que él había nacido en una casa con las habitaciones que daban a un patio central, sólo que su casa tenía tres de ellos, él había nacido en el patio de más al fondo. Cuando era niño vivía casi todo el tiempo con la cocinera y los criados, cuando fue adolescente lo trasladaron al segundo patio para que un profesor pudiera darle clases, el mismo en el estaba la habitación del profesor y además estaba la única computadora de la casa. Finalmente cuando cumplió los 21 años lo llevaron al patio principal donde tenían las salas para las visitas y la sala para las fiestas. Lo quisieron presentar a una joven en una gran fiesta. Una muchacha que él no conocía pero que era hija de uno de los amigos de su padre. Pocas horas antes de la presentación ante la sociedad el Escritor salió del primer patio, pasó al segundo en medio de la oscuridad, después al tercero donde se despidió con un beso de la cocinera y finalmente salió por la puerta trasera. Nunca volvió a ese lugar supo años más tarde que su padre había muerto.

Después de una buena caminata llegamos a la casa donde era la fiesta. El Pipas nos detuvo en la acera del frente y vimos por un rato cómo iban llegando los invitados. Estuvimos esperando sin saber qué hacer. El Pipas finalmente nos comentó que su hija no lo había invitado, ni siquiera sabía si su hija lo recordaba. Ella sabía que seguía vivo pero nada más. El Pipas quería ver a su hija pero no quería que ella lo vea a él, no quería que vea a ese gigante deforme. El escritor le propuso que nosotros entráramos para contarle todo, él se podía quedar aquí fuera y si tenía suerte vería llegar a su hija.

Con el Escritor nos acercamos a la entrada de la fiesta. Allí la madre del novio recibía a los invitados. Cuando me vio pegó un pequeño brinco, pero el Escritor la tranquilizó diciendo que éramos amigos del padre de la novia que habíamos venido a felicitarla. La mujer finalmente nos son sonrió y nos dio paso a la fiesta. Había una mesa de regalos, otra mesa llena de bebidas, un barril de chicha, muchas sillas en desorden, música fuerte saliendo de altavoces ocultos en todo el patio. La novia no había llegado aun pero ya se encontraba el novio al que hacían beber un vaso detrás de otro. Nos acercamos a la mesa de bebidas y recogimos dos botellas. No siempre teníamos la suerte de conseguir bebidas tan buenas. Hace mucho que no probaba ni un ron de calidad, ni una cerveza como aquella e incluso el Escritor encontró una botella de whisky que se apresuró a abrir y a servir en dos vasos. Pronto estábamos bebiendo con otros invitados de la fiesta. El Escritor se había convertido en el alma de la fiesta, como nunca lo vi contar chistes y bailar cueca. Bailaba medio rígido por culpa de la espalda de tortuga, pero se las arreglaba para tener algo de gracia.

La fiesta estaba en su apogeo cuando llegó la novia. La multitud, que había tomado en desorden la pista de baile, se fue abriendo a medida que corrió la voz de su llegada. El DJ paró la música y en seguida de todos los rincones se escucharon las notas del baile nupcial. Tras unos momentos embarazosos en los que se buscaba al novio y se le mojaba la cara para borrarle la borrachera, empezaron un lento vals mientras la gente formaba un corro a su alrededor. Con el Escritor observábamos la tierna escena cuando descubrimos un rostro sobre la multitud. Era el rostro del Pipas que observaba arrobado a la pareja a casi medio metro por encima de las cabezas de la gente. Al parecer la había visto llegar después de que se cambiara el molesto vestido blanco de la ceremonia y no había resistido acercarse para mirarla de cerca.

Cuando el baile concluyó y la ronda de felicitaciones comenzó nuevamente, nos hicimos paso hasta donde estaba el Pipas con los ojos extrañamente húmedos. El escritor le preguntó si creía que ella lo reconocería. El Pipas levantó las articulaciones metálicas que eran sus hombros en un gesto que podía significar “no se” o “no me importa”. Descubrimos en ese momento que llevaba en una mano un paquete toscamente envuelto con papel de regalo, era pequeño y probablemente lo debía llevar en uno de los múltiples bolsillos del pantalón. No tuvimos tiempo para preguntarle de qué se trataba porque en ese momento comenzó la presentación de los regalos. Los novios, los padres de los novios y los padrinos se reunieron frente a la mesa de los regalos y empezaron a abrir paquetes y sobres, mostrándolos en público o leyendo lo que decía su tarjeta. El padrino de los novios debía llevar alguna especie de micrófono porque su voz se escuchaba en todo el local.

“Un terreno en el asentamiento de Wara Wara”, comenzó con su propio regalo y la multitud aplaudió amablemente, la madrina también haciendo rebotar su voz en todos los rincones del lugar le tocó a su vez “Un coche con sensor para accidentes”, y los invitados volvieron a aplaudir. “Un sistema de seguridad casera integral” leyó en una tarjeta el padrino “Un sistema de navegación global” leyó la madrina. “Un refrigerador de gran capacidad”, “Un viaje de novios a la luna”, la gente aplaudía a cada regalo como si se tratara de un concurso de popularidad. “Un juego de ollas con auto-cocina”, “Una conexión de televisión global”, “Un juego de cuchillo mil filos”.

Los regalos abiertos y las tarjetas se fueron amontonando en otra mesa, la novia no sabía que otras sonrisas de alegría poner. Cuando el Escritor se giró para preguntarle algo al Pipas descubrió que este no estaba a nuestro costado. Lo vimos claramente caminando detrás de la multitud y acercándose a la mesa de los regalos tan sutilmente como un gigante de acero podría hacerlo. Finalmente extendió su brazo derecho, sus dedos de goma vieja, dedos resistentes y duros, agarraban con cariño aquel regalo envuelto tan torpemente. Finalmente lo depositó sobre la mesa y volvió donde estábamos nosotros con una mirada de satisfacción en el rostro.

Los regalos continuaron pasando, cada vez más humildes, una cacerola, un juego de boles de plástico, un espantoso adorno para la pared, un reloj tridimensional. Finalmente la madre cogió el regalo de el Pipas y mirándolo con un gesto de lastima lo abrió descubriendo una bola de cristal. Tuvo que dudar un momento y acercárselo al rostro para poder confirmar lo que era: “Un eco jardín miniatura”. Los aplausos se detuvieron por un instante y después volvieron con más fuerza. Nosotros dos miramos asombrados al Pipas, un “Eco jardín” era una cara miniatura viva. Dentro de una esfera de cristal perfectamente sellada se mantenía un pequeñísimo jardín diminuto. Tenía árboles, agua, animales, oxígeno, dióxido, todo lo que un jardín verdadero tenía. Los animales, aves, ardillas, peces, hormigas, una serpiente, eran preciosas miniaturas genéticamente fabricadas así como los árboles y cada una de las plantas marinas y arbustos. Era una especie de bonsái muy elegante y muy caro. No era el regalo más caro de la ceremonia, solo el viaje a la luna por ejemplo valía como 100 de aquellos “eco jardines”, pero si se trataba un regalo de muy buen gusto. Eso se dio cuenta enseguida la novia y empezó a lagrimear sosteniendo el jardín entre las manos y observándolo a trasluz. Sus ojos humedecidos por las lágrimas se agrandaron hasta tener proporciones gigantescas por el efecto óptico de la bola de vidrio. Inmediatamente nos giramos para preguntarle al Pipas de donde había conseguido tanto dinero. “No fue tanto”, nos explicó en voz baja. El “eco jardín” es de contrabando y el dinero era el que ahorraba para arreglarme la espalda.

Cuando acabó la ceremonia y trajeron la torta el Pipas nos pidió que nos marcháramos, no quería que su hija se acercara a él. No estaba listo aun para eso. Así que nos retiramos por la puerta principal no sin antes robarnos al paso unas cuantas botellas de licor. Después camino a casa comentamos lo hermosa que se veía la novia, lo absurdo de todos los regalos, menos el del Pipas, y lo bueno que estaba aquel Ron que habíamos robado. Caminábamos haciendo eses por en medio de la calle, los coches se detenían y nos rodeaban para evitar chocarse con dos gigantes y un ratón.

El Escritor había dicho la verdad, después de aquel domingo ya no me necesitaba para trabajar de cargador. Cada mañana partía muy temprano, normalmente antes que yo, y aunque me topaba con él en el mercado no teníamos tiempo para conversar. Las noches tampoco hablábamos porque cuando él llegaba, estaba tan borracho, muchas veces más que yo, que terminaba dormido en pocos instantes. Continuaba con su dolor de cabeza y de espalda, tenía los músculos cada vez mejor pero las noches, sobretodo cuando no caía de borracho sobre su manta, gemía de dolor o con pesadillas. Para mi volvieron entonces los días tranquilos donde me podía ocupar de mis cosas, asistir al cine de pantalla taiwanesa y reunirme con el Pipas y otros amigos para beber por las noches, visitaba de vez en cuando a don Pedrolo par comprarle más testos o para conversar y le ayudaba a hacer algún trabajo a doña Juanita. El Escritor también aparecía algunas noches pero se quedaba bebiendo en silencio en un rincón.

Sólo una vez volvió a necesitarme el Escritor. Fue una noche de sábado. Bebíamos en el Cementerio de Elefantes, se encontraba el Pipas, el Tubos, el Karetas, había mucha gente. Llegó el Escritor con una botella de aguardiente que tuvo que beberse en la puerta antes de entrar al local. Hablábamos y contábamos chistes verdes, sobre todo el Tubos, cuando de pronto, en medio de un chiste que involucraba a una puta muerta, a un extraterrestre de tres penes y a una tostada con mantequilla, el Tubos se quedó silencioso mirando hacia la puerta. Acababan de meter la cabeza dos muchachos acompañados de dos niñas, casi unos bebes vestidos con minifaldas, piercings brillantes y una pantalla de televisión trasmitiendo videos musicales en el peinado. El Tubos dijo por lo bajo, “estos son los niñatos, ya verán lo que es bueno”, y se levantó como una locomotora a la que acaban de meterle carbón en el horno. Pero cuando llegó donde los dos chiquillos que estaban pálidos de miedo, ya se encontraba el Escritor delante suyo. El Tubos se detuvo desconcertado y le preguntó que pasaba. “no es necesario que lo hagas”, le dijo el Escritor en voz baja, el Tubos no tuvo paciencia y de un revés lo mandó a un rincón y aferró con otra mano al cuello de uno de los chiquillos. “¿Tu novia folla bien?” le preguntaba a aquel rostro aniñado que estaba a punto de llorar cuando sintió un golpe en el estómago. El Escritor se había levantado y se había lanzado de cabeza al estómago. Tenía huevos el ratón. El Tubos no supo como reaccionar, primero arrojó al chico hacia su compañero tirando a los dos al suelo, y después cogió al Escritor golpeándolo con el puño y reventándole la nariz.

No pude aguantar más, me levanté y cogí la mano del Tubos que cargaba energía para darle un nuevo golpe. El Tubos me miró con ira en los ojos enrojecidos, “esta no es tu pelea”, “tampoco la tuya” le respondí. Obligándole a soltar al Escritor que cayó al suelo sin reaccionar. El otro brazo del Tubos fue a buscarme el cuello pero le cogí la mano y se la retorcí con fuerza. Se libró de mí y se alejó para acomodarse mejor. Todo el lugar nos miraba atentos. La dueña del Bar nos miraba con su frío ojo metálico, sacó de debajo de la barra una pequeña escopeta por si tenía que intervenir.

El Tubos arremetió contra mí, pero ya estaba preparado para eso. No peleaba bien y yo, aunque lo tenía olvidado, recordaba aun los movimientos. Que demonios, yo había sido luchador profesional. Me moví un centímetro y cuando se desequilibró al fallar su golpe le lancé un revés al cuello tirándolo contra una pared descascarando la pintura. Se levantó nuevamente y se acercó a mí aferrándose a mi torso con dos brazos como la boca de una grúa. Lo empujé desequilibrándolo cayendo sobre él. Mi peso hizo que sus brazos se soltaran a la fuerza. Desde el suelo intentó golpearme nuevamente pero lo tenía aferrado con todo el peso de mi cuerpo, con un movimiento le hice girar en el suelo y le aprisioné los dos brazos detrás su espalda. Seguía insultando a gritos así que apreté un poco hasta que se desmayó. Su rostro cayó con fuerza sobre el suelo y sus brazos se relajaron. El Escritor se acercó a mí pero no dijo nada. Se sentó nuevamente y siguió bebiendo.

Cuando el Tubos despertó estaba furioso, los chicos y sus novias se habían marchado y el Escritor estaba muy borracho. Cuando él se emborracha se encierra en si mismo, deja de hablar, de opinar, de reír, poco a poco va entrando en un estado casi catatónico moviéndose únicamente para llevarse la botella a la boca. Cuando el Tubos lo vio así no dijo nada, tampoco me dijo nada a mí. Se sentó delante de mí y le alcancé una botella abierta y me la cogió. Ese simple gesto arreglaba todo. Bastante tarde el Escritor se levantó apenas y se acercó a aquella puerta que no estaba cerrada, hizo el gesto de abrirla sin notar la tensión que había creado en el ambiente, pero después lo pensó mejor, la dejó en su sitio y volvió a sentarse.

Esa noche cuando regresábamos a la casa en silencio el Escritor me preguntó qué había en el Cementerio de Elefantes, había escuchado muchas cosas. Estábamos en una plaza sucia con algún ronquido que llegaba desde un rincón, hacía frío pero el alcohol en el cuerpo te caliente las venas. Después de pensar mucho finalmente se lo conté. Yo sólo había conocido un par de casos pero había más. El primero había sido el hermano de la dueña del bar. Estaba viejo, cada vez bebía más y su cuerpo no le aguantaba los bultos para conseguir suficiente dinero para seguir bebiendo. Cada vez estaba peor, la vista le empezó a fallar, eso pasa cuando se empieza a beber querosén o alcohol puro. Finalmente un resistió más. Ese día se había desplomado con una estantería demasiado grande en la espalda y no logró despertarse hasta que llegaron los guardias de seguridad. Esa noche su hermana se presentó al bar con su único ojo permanentemente húmedo. Aquella puerta que nunca se cerraba estaba esa noche cerrada con un candado. Nos dimos cuenta que tanto la puerta como el candado era de calidad, estaban hechos de material muy resistente y sería muy difícil abrirla a la fuerza A media noche se escucharon unos golpes pero nadie hizo nada. Ella se encargó de que nadie hiciera nada. Cuando se abrió la puerta sacaron a rastras el gigantesco cuerpo de su hermano. Apestaba a alcohol y había dejado de respirar hace varias horas.

Ese caso sólo lo conocía porque era una especie de leyenda entre los cargadores que se cuenta en los peores momentos de la borrachera. El segundo caso lo conocía personalmente. Se llamaba Erico, había sido levantador de pesas, mucha testo combinados con años de ejercicios. Cuando era joven ejercitaba seis horas diarias. En una olimpiada regional le detectaron no sólo testo en la sangre sino otras drogas más, drogas para aguantar la presión, el estrés, la competencia, antidepresivos. Ese fue su final en el deporte. Medía poco más de un metro y medio pero estaba hinchado como si le hubieran metido una bomba de aire por la boca. Era fuerte como un toro pero también tenía unas depresiones proporcionales a su fuerza. Bebía mucho, sobretodo cuando en los periódicos que manchados de barro leía con furor comenzaban las temporadas de competiciones. Veía a sus antiguos compañeros y a nuevas glorias del deporte levantando pesos que él habría usado para entrenarse. Empezó a beber más, se juntó con algunos ladrones para hacer trabajitos. En un intento de robo a una tienda un vendedor le disparó un tiro que le rompió el humero del brazo izquierdo. Ya no podía trabajar como cargador, se pasaba todo el día bebiendo y el dinero lo conseguía de limosnas o con algún asalto menor. Hasta que un día ya no lo aguantó. Una noche se acercó al Cementerio de Elefantes y se puso a hablar en voz baja con la dueña. Cuando acabó la conversación se marchó. Dos días después volvió y le entregó un puñado de billetes viejos y arrugados. Esa noche frente a toda la multitud la dueña acompañó al Erico a la puerta, un cargador metió un barril lleno de bebida y después de que la dueña se despidiera de él con un beso en la mejilla, cerró la puerta con un candado condenadamente grande. Cuando escucharon los golpes a media noche nadie dijo nada. A la mañana siguiente sacaron el cuerpo de Erico inmóvil, pequeño y pesado.

Se hizo costumbre al regresar a casa quedarnos hablando en aquella plaza y muchas otras mientras terminábamos la bebida y el sopor se iba aferrando poco a poco a nosotros. En aquellas noches el escritor me contó de su vida, lo que había hecho después de huir de su casa. Cómo había empezado a estudiar en la universidad mientras trabajaba redactando documentos para un abogado. Las noches que trabajaba como cuidador en la morgue, las peleas callejeras en las que se metía, un ratón peleando, que gracia, e incluso alguna noche que había pasado en una celda de la policía. Yo en cambio le contaba de mis épocas de luchador, le relataba los combates que había tenido, todas las gloriosas victorias que algún día había logrado.

Una noche de aquellas el Escritor me preguntó que hacían antes de que estuviéramos nosotros, quién cargaba las cosas antes de que hubieran testos y espaldas de tortuga. “Los basureros”, era la respuesta más fácil, pero el Escritor no me dejó dejarla allí. Le tuve que contar la historia de los basureros. Yo la conocía porque era una historia común, era una especie de mitología, nuestra propia mitología.

Los basureros, posiblemente son los únicos en el mercado que viven por debajo de nosotros. Ya estaban aquí cuando llegamos y seguramente seguirán todavía muchos años más. La mayoría habían llegado del altiplano, eran pequeños, de piel oscura, ojos negros y profundos y daban la apariencia de estar siempre con la mirada ausente, como en otro lugar, quizás en el mismo altiplano que nunca habían dejado. Cuando llegamos nosotros, eran ellos los que se encargaban de cargar las cosas. Caminaban bajo bultos que los duplicaban en peso, siempre en silencio, sin decir nada. Con el dinero que ganaban bebían y a veces comían. Pero no pudieron competir contra un poco de testo corriendo por las venas, contra unos huesos de titanio, una espalda diseñada para otros planetas. Poco a poco los fuimos desplazando. Transportábamos más cantidad y cobrábamos lo mismo. Ellos tuvieron que encontrar su propia manera de sobrevivir, así llegaron a ser basureros.

Lo que le contó lo intrigó de sobremanera, parecía despierto, o más borracho que nunca, mientras hablaba sus ojos se despertaron en una lucidez de delirio. Quería conocerlos. Me pidió, me rogó que le mostrara estos basureros. En mucho tiempo no lo había visto tan interesado en algo. Este último tiempo no había hecho preguntas y el mercado pasaba delante de él como un escenario por demás visto. Finalmente accedí, le dije que me buscara a la hora de la cena, cuando empezara a ponerse el sol. A esa hora el aire tiene una apariencia casi transparente, el mercado entero huele a ausencias mientras van cerrando los puestos, acomodando en su lugar las cajas de productos y bajando las persianas. En cada rincón se puede escuchar el pip-pip de las alarmas armándose y las despedidas y los “hasta mañanas” de los vendedores. A esa hora salen ellos. No es que salgan de ningún lado, están allí todo el día, sólo que a esa hora aparecen.

Cuando se los enseñé se sorprendió verlos a alrededor, nunca hasta ahora había reparado en ellos. Es muy fácil no reparar en ellos. Medían poco más de metro y medio, iban vestidos con harapos, su pecho estaba cruzado por un rollo de cuerda gruesa y resistente, sus cabezas cubiertas de sucios gorros con propagandas políticas. Traían palas construidas con maderas y latas la alcohol, con ellas amontonaban basura en grandes pilas. Hábilmente la organizaban para dejar cartones y bolsas en la parte más exterior. Como gigantescos escarabajos peloteros creaban un ovillo con las cuerdas que tenían alrededor del cuerpo aferrando toda la basura en un gigantesco atado que se subían a la espalda. Con esta basura a hombros se dirigían hacia los aparcamientos donde los esperaban los camiones basureros. Se subían junto a sus propios atados de basura defendiéndola y reclamando su pertenencia y se marchaban hacia el basurero situado en las afueras de la ciudad. Más tarde regresarán en los mismos camiones. “¿Dónde viven?” me preguntó el Escritor “aquí en el mercado o en el basurero, no les importa”. “¿Dónde comen o beben?”, “En doña Juanita, en el Cementerio de Elefantes, en todos los bares de aquí”. “pero nunca los he visto”, “nunca nadie los ve, son como fantasmas o sombras”.

La noche siguiente el Escritor no apareció a la cena, apareció un momento, compró una caja de vino y se marchó a “dar una vuelta”, según dijo. Esa noche no llegó a la casa. A la mañana siguiente le vi llegar, tenía negras ojeras bajo el rostro sucio y arrastraba los pies. No me dijo nada y se echó a dormir. Esa noche su manta había desaparecido junto a sus insignificantes pertenencias. Se había marchado.

Pregunté a la gente por si lo habían visto. Me dijeron que seguía por ahí. Que recordaban haberlo visto pero no me podían decir ni cuando ni donde. Intenté buscarlo en varias ocasiones pero cada vez pensaba menos en él. En ese tiempo pasaron muchas cosas.

Ocurrió justamente en aquellos meses que llegaron unos nuevos encargados de seguridad que querían controlar lo qué transportábamos y cuanto cobrábamos. Tuvimos que organizarnos para que no hicieran eso, el Pipas fue el encargado de reunirse con el jefe de ellos para decirles lo qué podíamos aceptar y lo que nos negábamos. No queríamos que nos controlen, no queríamos rendir cuentas con nadie. Una mañana el Pipas apareció muerto en una callejuela, no tenía heridas pero el procesador de la base de la nuca estaba frito como si le hubieran pasado corriente por el cuello, quizás un arpón eléctrico. Esta vez nos enfrentamos en serio, los comerciantes tuvieron que cerrar sus puestos, los compradores huyeron despavoridos. Éramos gigantes desarmados atacando a un ejército de hormigas con arpones eléctricos. Hubo varios muertos de cada lado, los arpones estaban cargados al máximo. Incluso tuvo que intervenir la policía y lanzó gases paralizantes. Por causa de los gases un par de cargadores se volvieron locos y se los tuvieron que llevar antes de que se reventara la cabeza contra los coches blindados de la policía. Cuando todo acabó, cuando los de seguridad empezaron a chantajearnos para que les pasemos algo de dinero cada mes a cambio de que nos dejen en paz, o sea cuando todo volvió a la normalidad, volví a recordar al Escritor. Pensando en él me di cuenta que miraba el mercado como si fuera un extraño y ese lugar fuera digno de atención, de maravilla. Empezaba a tener la misma mirada que tenía el Escritor.

Una noche, unos dos meses después de la muerte del Pipas, mientras brindábamos por su recuerdo, reapareció el Escritor en nuestra mesa. Llegó como aquella primera vez, al principio ni siquiera le vimos, no le hicimos caso porque no lo reconocimos. Tenía la barba crecida, iba vestido con harapos y alrededor del cuerpo tenía una gruesa cuerda enrollada. Se sentó a nuestro lado y empezó a beber como si se tratara de agua y él hubiera estado estos meses en el desierto. Al principio no dijo nada, pero después nos contó que había estado viviendo con los basureros. Había dormido varias noches en el basurero municipal, había dormido también alguna noche en las calles del mercado cubierto con periódicos viejos, no quiso hablar más pero bebió como nunca lo había visto.

Esa noche cuando volvíamos a mi cuarto, como lo habíamos hecho tantas otras veces, me contó más cosas de aquella experiencia. Se dedicaban a buscar basura, a recolectarla, a reutilizarla. Todos sus compañeros hablaban Aymará, por suerte lo había aprendido tiempo atrás. Habían llegado del altiplano hace mucho tiempo, cada año llegaban más. Detestaban la ciudad, su frialdad de asfalto y piedra, sus noches oscuras. Extrañaban esa superficie eterna y vacía, limpia de obstáculos, con un cielo permanentemente estrellado del altiplano. Trabajaban constantemente, preferían beber a comer, pero eran muy orgullosos para morir de hambre. Cuando morían los encontraban en callejones o debajo de montañas de basura. Pero no parecía que desaparecieran, alguien tomaba su lugar, sus ropas, sus rincones, sus cuerdas. Morían pero siempre estaban vivos.

“Los basureros”, me contó aquella noche que pareció eterna, “eran hombres libres de verdad. Podrían no comer ni beber si no se los exigía su cuerpo su biología, si les permitirían vivirían del aire. La basura la utilizaban como sus abuelos habían usado las piedras para construir muros”. Mientras caminábamos juntos veía al Escritor recogiendo aquí una botella rota, allí la suela de un zapato viejo, un corcho, un alambre torcido. Me contó cómo había vivido esos meses, cómo había sobrevivido. “Lo primero que tuve que aprender fue a desaparecer, a convertirme en una sombra”, como había dicho yo alguna vez. “Tuve que aprender a moverse en el mercado como si lo hiciera dentro de mi propio cuerpo, cada calle era un órgano, cada pasaje una vena, me desplazaba en silencio como fluye la sangre dentro de mi propio cuerpo. Había llegado a entender y a odiar al mismo tiempo a la ciudad como sólo con su sabiduría podían entenderla y odiarla los basureros. Vivía gracias a los desechos de la ciudad, no necesitaban nada más”. “Incluso” me dijo subiéndose la camisa “ni siquiera necesitan esto”. Tenía la espalda amoratada, sucia y con un ligero aroma pútrido de infección. La espalda de tortuga había desaparecido y los agujeros por donde las grampas se aferraban a la columna estaban supurando pus. “Ellos no necesitan nada más de lo que son”. A pesar de eso, su brazo derecho aún tenía la blanca pantalla reluciente, llena de letras negras.

“No hay ancianos entre los basureros, todos mueren antes de que puedan siquiera sentirse viejos. La ropa que tengo no existe como tal”, me explico, “Alguna vez fue una chaqueta o un saco, sus dueños le pusieron remiendos, y después más remiendos, hasta que la chaqueta original había desaparecido y sólo quedaban los remiendos”. Me confesó dicho que la consiguió después de haber matado a un hombre. “Fue un enfrentamiento por territorio, una zona que era mía por derecho, era la zona donde trabajaba y donde tenía mis cosas. Nos enfrentamos finalmente. A aquel hombre no le importaban las heridas que le hacía, como si no le importara su propio cuerpo. Al final acabaría también parte de la basura. Por suerte él estaba peor que yo, estaba débil y muy bebido, no fue muy difícil vencerlo, al final había caído al suelo inerte. Yo terminé con una herida en el brazo, pero cuando la miré ya no me importaba, ni siquiera sentía el dolor”. “Nos pagan muy poco por el transporte de basura, nos pagan menos aun por las basuras que logramos reciclar, pero con eso podemos beber, apenas comemos”. “A pesar de la vida que llevan” concluía, “son hombres admirables, orgullosos, desorbitados, fanáticos, solitarios y anárquicos. Siguen sus propios impulsos, se sienten fascinados por cosas como el fuego, el humo, la sangre. Otras cosas en cambio nunca piensan en ellas, como la muerte o la memoria, son algo que no existe. A pesar de vestir de harapos, siempre ir sucios, hay cierta elegancia en su aspecto, en su caminar. Es difícil explicar esto, pero sus pasos por la ciudad traen consigo la fuerza de su propia presencia, ellos hacen las calles cuando avanzan por ellas y no al revés.”

Hablamos mucho aquella noche, pero no quiso quedarse a dormir. Se marchó cuando parecía que empezaba a amanecer. Estaba borracho cuando se fue, pero con esa lucidez de aquellos que beben para sentirse sobrios.

Después de aquella noche sólo lo vi un par de veces más. La primera fue en mi propia habitación, había entrado sin que me entere y me despertó un tufo de alcohol en el rostro. Estaba inclinado sobre mí tocándome con una mano sucia un hombro. Cuando me desperté vi su mirada enfebrecida, tenía las pupilas amarillas y los ojos brillantes. Cuando se sentó a mi lado con una botella con una sustancia marrón de la que bebía de rato en rato pude notar sobre su brazo derecho una venda manchada de sangre. Me entregó algo envuelto en un papel periódico. Cuando lo abrí me encontré con la pantalla de su implante. Era un buena implante, de calidad, pero se la habían sacado sin mucho arte. Cuando le quise preguntar para qué me daba eso me interrumpió y me dijo “tu sabes”. Después me entregó un sobre cerrado. “Es una carta para la hija del Pipas. Me enteré de su muerte. Quiero que le entregues el sobre, para que sepa quien era su padre”. Después sin decir nada más se marchó.

La siguiente vez que lo vi me encontraba en el Cementerio de Elefantes. Cuando lo vi aparecer por la puerta un nausea me subió por la boca del estómago porque sospechaba a que había venido. Arrastraba los pies y tenía la espalda torcida como si le doliera. Llevaba en la mano derecha aferrados unos billetes sucios y la izquierda pegada a su cuerpo, como agarrándose el vientre adolorido. Cuando se acercó a la dueña del bar ella también sabía a que había venido. Hablaron en voz baja largo rato, ella sólo escuchaba, lo dejaba hablar. Cuando terminaron la charla ella tenía su único ojo brillante. Con un gesto a uno de sus ayudantes llevaron al Escritor hacia la puerta. Toda la gente del lugar contuvo la respiración cuando aquella puerta, una vez más, se abrió. El Escritor no tenía ojos para nadie, tenía las pupilas inflamadas y parecía que estuviera en otro lado, en un lugar muy lejano. Quizás en el altiplano o quizás en aquel tercer patio del que nunca tendría que haber salido. Detrás de que él entró metieron un gigantesco tonel lleno de alcohol. Un resistente candado cerró la puerta.

Como todos ya sabíamos a media noche empezaron los gritos. Al principio me quise aferrar a mi bebida, olvidarme de esos gritos, pero eran demasiado fuertes, o eso me parecía al menos a mí. En un momento me levanté de la mesa y me dirigí hacia aquella puerta, pero la dueña del bar me miró con su ojo real y su ojo mecánico al tiempo que me apuntaba con su pequeño fusil. “Déjalo” era una orden. Sabía que no había forma de desobedecerla.

Me senté nuevamente escuchando por sobre la multitud los gritos del Escritor. Cuando se calló creí que el silencio sería bueno, pero fue mucho peor. Nunca había bebido tanto como aquella noche. Me tuvieron que llevar a rastras a mi habitación. Ya no lo vi, pero también a rastras tuvieron que sacar el inerte cuerpo del Escritor. Lo único que podía pensar aquella noche es que él había decidido que no quería que lo encontraran muerto en un callejón o bajo una pila de basura.

Por un tiempo no tuve fuerzas para tocar el implante del Escritor. Nunca me atreví a verlo, además no se leer muy bien y él había escrito demasiado. Cuando me atreví a sacarlo de dentro de su papel periódico, arrugado y sucio, lo único que atiné a hacer fue ir hasta una cabina, conectarla al implante y meter unas monedas en la ranura. La máquina hizo el resto. Después de que enviara la información la borré y fui donde don Pedrolo y le pedí que me lo implantara en el brazo. No me cobró demasiado y la dejó en su lugar, con el micrófono encima de la muñeca. Desde entonces me he aficionado a hablar con mi muñeca contándole sobre el mercado y todo lo que me rodea con una mirada de sorpresa y maravilla, la misma mirada que tenía el Escritor. Cuando tenga una buena cantidad iré a una cabina y la enviaré, quizás haya alguien que le interese leer esto

La carta para la hija del Pipas también la entregué, pero antes de hacerlo decidí leer lo que ponía. Por suerte no era demasiado y pude entender la carta. Las tres últimas líneas decían:

Si el cargador es la ciudad, como que efectivamente lo es, jamás podrá sentirse ajeno a ella y mucho menos desaparecer, pues el cargador dicho sea en conclusión, carga la ciudad sobre sus espaldas.

Abril, 2006

1 comment:

RICARDO JUAN BENITEZ said...

Hola Miguel. Gracias por esta muestra contundente de CF. Tuve la suerte de leerla con anterioridad, pero no deja de sorprenderme, que pese a su aire definitivamente latinoamericano, se cuela por ahí el espíritu de un Phillip K. Dick que hubiera vivido en Ciudad del Este. Bravo.